Fenómeno Barrial. 

Los Rodríguez y el arte de cooperar sin ser confiable

Víctor Mijares

23 de enero de 2026


¿Está Delcy Rodríguez cooperando con los Estados Unidos? Si es así, ¿es una colaboradora confiable para una transición? Ella y su hermano Jorge conforman el núcleo de la nueva configuración de poder en la Venezuela posMaduro. A primera vista, cuando se les ve en perspectiva comparada, lucen potencialmente débiles e incluso vulnerables ante los bloques armados liderados por Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, ministros del Interior y de la Defensa, respectivamente. Estos aparentemente poderosos caudillos tendrían el mando directo sobre los cuerpos de seguridad y defensa oficiales, así como parapoliciales y paramilitares. Pero, a su vez, pesa sobre ellos la amenaza latente de recompensas impuestas por la justicia estadounidense, con 25 millones por Cabello y 15 por Padrino. Además, sin lazos directos conocidos con la administración Trump. Es decir, tienen todo el poder duro del cual, en principio, los Rodríguez carecen, pero les faltan las ventajas políticas que los hermanos han venido cultivando desde hace años.


Asumiendo lo que parece evidente en los días que han seguido a la Operation Absolute Resolve, la realidad los ha convertido en assets cruciales en esta nueva etapa del chavismo y de la historia de Venezuela. Sus cualidades de manipulación se requieren para la compleja maniobra en tres fases que el secretario de Estado Marco Rubio ha bosquejado, a saber: i) Estabilización; ii) Recuperación; y iii) Transición. Pero también sus lealtades son necesarias, así sean instrumentales e interesadas, lo que los convierte en fuentes de riesgo. Por eso, antes de responder a las dos preguntas iniciales a punta de intuición, repasemos algunos hechos recientes. 


Según un trabajo publicado el 11 de enero en el diario español ABC, la flamante presidente encargada habría sostenido reuniones en Catar con el ministro de exteriores ruso, Serguéi Lavrov, con el CEO de la petrolera rusa Rosneft, Ígor Sechin, y, más importante aún, con agentes no identificados de la CIA. Estas reuniones se habrían dado entre septiembre y diciembre del año pasado en el marco del despliegue aeronaval estadounidense en el Caribe.


El día anterior a esa publicación, el 10 de enero, The New York Times publicó que el gobierno interino pidió y recibió apoyo militar estadounidense para obligar a regresar a Venezuela un tanquero petrolero que salió sin autorización ni pago tras la caída de Maduro. La operación, inédita entre ambos países, refleja tanto la cooperación táctica para controlar el petróleo como las tensiones internas del chavismo, en particular con facciones vinculadas a quien sería el artífice de esta frustrada fuga de crudo, el barranquillero Alex Saab. Un día después, Trump, en su cuenta de Truth Social publicó: “Venezuela now has the United States of America, the most powerful military in the World (by far!), to protect them, and protect them we will”.


Lo anterior se inserta en un paquete de entendimientos operativos en rápida construcción entre Washington y Caracas. Por un lado, el esquema petrolero anunciado por la Casa Blanca que busca redirigir importantes volúmenes de crudo venezolano hacia refinerías estadounidenses y, sobre todo, centralizar el control de los ingresos en cuentas bajo gestión del gobierno de Estados Unidos, con el argumento de administrarlos como palanca de estabilización y reconstrucción. Por otro, la misma lógica se proyecta sobre la infraestructura energética y la red eléctrica, presentada desde Washington como un frente de reconstrucción acelerada, mientras la excarcelación de presos políticos, que Jorge Rodríguez ha descrito como “gesto unilateral”, aparece temporalmente acoplada al nuevo ciclo de cooperación y a los incentivos que Estados Unidos viene explicitando. Esa sincronía hace que sea razonable dudar de que se trate de una decisión propia.


Además, otras señales políticas y estratégicas de Washington refuerzan la percepción de una transición tutelada en Venezuela. El propio secretario de energía, Chris Wright, afirmó que Estados Unidos podría tener control sobre Venezuela “por uno a dos años” y calificó al régimen interino como “ilegítimo”, añadiendo que “queremos traer un gobierno representativo al pueblo venezolano”. Además, el propio Trump confirmó que Venezuela le pidió tomar 50 millones de barriles de petróleo y que aceptó, señalando que ese crudo, equivalente a miles de millones de dólares en ingresos, estaría “en camino” hacia Estados Unidos. Trump también ha afirmado que se reunirá en algún momento con Delcy, pero no pierde oportunidad de humillar al interinato chavista al publicar en su cuenta en la red social Truth Social una imagen de sí mismo con el supuesto título de presidente interino de Venezuela.


Ahora bien, por cada gesto que reafirma el tutelaje hay, como sería de esperarse, un intento del interinato chavista por mostrar que tal guía no existe. Esto los lleva a distorsionar la realidad valiéndose de los medios que internamente controlan y de aquellos que en el exterior pueden influenciar o sobre los que pueden explotar simpatías ideológicas (o antipatías hacia Trump). Esto genera una aparente disonancia que confunde a quienes genuinamente quieren entender qué está pasando en relación con Venezuela. Esta ambivalencia, sin embargo, no es nueva para el chavismo, y mucho menos para los hermanos Rodríguez. Sus carreras políticas siempre han estado más ligadas a ardides palaciegos, manipulación de la información y lazos internacionales que a la política electoral. No se me ocurre un dúo más acorde con el rol actual de gestores incómodos de una transición desde el chavismo que Delcy y Jorge.


Sin embargo, esa eficacia y actual disposición efectiva a cooperar no es garantía de lealtad. Burlar acuerdos es casi tan común para ellos como lo es tejerlos, sobre todo con Estados Unidos. El resultado fáctico de las elecciones de julio de 2024 son una prueba de ello, a pesar de los acuerdos de Barbados y Catar. Pero claro, la situación interna y externa es hoy muy distinta. Para empezar, no hablamos de una administración tan permisiva ni tan falta de claridad estratégica como lo era la de Joe Biden. Por antipático que pueda resultar para algunos el America First y la invocación de la Doctrina Monroe, no cabe duda de que Trump, y sobre todo Rubio, tienen un plan geoestratégico en marcha para América de polo a polo.


En lo interno, volvemos al precario equilibrio con sus pares Cabello y Padrino. Ambos perseguidos por la justicia estadounidense podrían tener dudas razonables acerca de la dirección que los hermanos estarían dándole al régimen que ha garantizado sus intereses. Ello sin contar que podrían verlos como despreciables civiles y advenedizos que han trepado con argucias en la jerarquía chavista. La estructura de incentivos para los Rodríguez apunta a tratar de mantener todo como está por medio de cambiarlo todo en apariencia. Esta maniobra gatopardiana, no obstante, parece muy difícil de lograr ante las amenazas sobre las cabezas de sus socios internos y la presión y premura de sus tutores externos. Lo que hoy parece una mano ganadora podría diluirse rápidamente ante cualquier error frente a unos u otros. 


Así, ante la primera pregunta de esta columna la respuesta es que sí, Delcy Rodríguez está cooperando con Estados Unidos, y no de manera marginal ni retórica, sino operativa. La evidencia acumulada en cuanto a coordinación militar para el control de cargamentos petroleros, aceptación de un esquema en el que Washington administra ingresos estratégicos, sincronía entre gestos políticos internos y demandas externas, y declaraciones públicas de altos funcionarios estadounidenses que asumen un rol directivo sobre el proceso venezolano, apunta a una cooperación funcional orientada a la estabilización inmediata del sistema. En ese sentido, Delcy y Jorge se han convertido en activos útiles para la fase inicial del plan estadounidense en tanto conocen el aparato estatal, controlan nodos clave de decisión y carecen de poder armado propio, lo que los vuelve dependientes del paraguas externo.


La segunda respuesta, sin embargo, es más incómoda, pues Rodríguez no es una colaboradora confiable para una transición democrática. Su trayectoria y la de su hermano muestra una pauta consistente de instrumentalizar acuerdos, ganar tiempo y revertir compromisos cuando las condiciones lo permiten. No hay razones estructurales para pensar que ese patrón haya cambiado. Pero lo que sí ha cambiado es el contexto, dado que su confiabilidad no proviene de la convicción, sino de la restricción. Hoy su supervivencia política, y posiblemente personal, depende de una lealtad interesada al gobierno estadounidense, no de una adhesión genuina al proceso de transición. Esto la vuelve predecible en el corto plazo, pero riesgosa en el mediano, ya que cooperará mientras no tenga alternativas creíbles. Por ello, más que socia de una transición, Rodríguez debe entenderse como una gestora provisional bajo tutela, útil para contener el colapso y ordenar el tablero, pero incapaz, y probablemente renuente, a conducir por sí misma la fase final de apertura política.


En consecuencia, los hermanos Rodríguez están actuando como lo haría cualquier actor que sabe que su margen de error es mínimo. Dependen de la potencia que los quiere desmantelar para sostenerse, pero al mismo tiempo deben evitar que los sectores armados del chavismo los desplacen. Por eso no apuestan ni a la confrontación ni a una lealtad plena, sino a una cooperación medida, haciendo lo necesario para mantener el respaldo de Washington, pero sin ir más lejos de lo indispensable, al menos en el discurso. Mientras Estados Unidos mantenga incentivos claros y castigos creíbles, esa cooperación continuará. Pero si ese equilibrio se rompe, volverán a dilatar, simular cambios o intentar recomponer alianzas internas. No son de fiar, pero, por ahora, es lo que hay.